El Andrea Doria y el libro digital

Concluyó la 32ª edición de la Semana del libro en catalán, celebrada en Barcelona del 6 al 14 de septiembre. Hacía tiempo, bastante, que no me acercaba a un evento de estas características y me apetecía escuchar la opinión de los editores. Charlar con ellos es siempre una experiencia gratificante e interesante, aunque no exenta de riesgo: mi propósito de ya no adquirir más volúmenes en papel no es tan firme como yo creía. De momento.

—De este título ¿dispone de una edición digital?
—Ya no editamos en digital: no se venden y la gente lo piratea.

Que el sector editorial está en pleno naufragio es algo sabido y sobradamente documentado: en blogs como Antinomias Libro, de Manuel Gil, encontrarán grandes cantidades de datos y reflexiones al respecto. Aun así nada explica de forma definitiva porqué en 2014 los catálogos digitales de la mayoría de las editoriales españolas son tan reducidos.

A pesar de que generalmente solemos tratarlos como hechos excepcionales, esto de los hundimientos es algo que sucede con cierta frecuencia. A lo largo de la historia ha habido naufragios sonados e inesperados como el del Titanic, mientras que otros fueron consecuencia de errores evitables. Tal fue el caso del Andrea Doria que, tras una serie de maniobras náuticas erráticas, la noche del 25 de julio de 1956 terminó siendo embestido por el Stockholm, otro transatlántico de similares dimensiones cuyo capitán tampoco actuó con excesiva fortuna. Ahora los restos del Andrea Doria descansan a 77 metros de profundidad 45 millas al sur de Nantucket, la misma isla que vio nacer a Arthur Gordon Pym y desde la cual se embarcó en su extraordinario viaje a bordo del Grampus.

Como seguramente ya saben, El relato de Arthur Gordon Pym es la única novela de Edgar Allan Poe. Hacia 1835, después de haber publicado algunos cuentos, Poe se propuso reunirlos en una edición recopilatoria y para ello tanteó a algunos editores. La oferta acabó llegando a Harper & Brothers (actualmente HarperCollins), donde la rechazaron alegando que el público prefería leer algo más concreto, una única historia: una novela que se publicaría en dos volúmenes.

En aquel momento Poe estaba empleado como redactor en el Southern Literary Messenger, así que en lugar de lo que le proponían en Harper acordó con su jefe que la publicaría por entregas en su periódico a 3 dólares la página, que hoy vendrían a ser unos 70, o sea 54 euros. A un redactor actual le parecerá un precio más que razonable, pero las primeras máquinas de escribir no empezaron a comercializarse hasta 1870 y eso de documentarse se hacía a pie y a mano. Un trabajo artesanal.

Justo cuando comenzaban a publicarse las primeras entregas, en enero de 1837, Poe fue despedido del Messenger y el relato se vio interrumpido. Afortunadamente en Harper nunca perdieron el interés, así que en julio de 1838 El relato de Arthur Gordon Pym veía por fin la luz, en dos volúmenes… y presentado como un testimonio del propio Pym.

En 1931, inspirado por aquel fascinante relato de Poe, H. P. Lovecraft escribía la novela que algunos consideran su obra cumbre: En las montañas de la Locura. Lamentablemente para el escritor de Providence, en Weird Tales no quisieron saber nada de aquella historia y Lovecraft habría de esperar cinco años para verla publicada en Astounding Stories.

Por entregas, naturalmente.

De hecho, mientras vivió, la práctica totalidad de los relatos que escribió Lovecraft fueron publicados por entregas, mientras que las novelas que hoy conocemos son más bien cosa de su colaborador póstumo August Derleth.

Hace unos días, Bernat Ruiz comentaba en su blog que el siglo XX fue una anomalía lectora: nunca se ha leído tanto y en tanta profundidad como entonces. No dejen de acudir a la fuente porque es una reflexión muy difícil de refutar. La edición, publicación y difusión de libros tal como la conocemos hoy no tiene ni cien años, es un legado que como la energía atómica o el Telón de Acero vino de la mano de la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué nos espera a partir de ahora?

El del Andrea Doria no fue el naufragio más impactante ni tampoco el último, pero su hundimiento marcó el fin de una era. Desde entonces el medio preferido por los viajeros para cruzar el Atlántico ya no es el barco sino el avión.

Hoy, mientras una parte del sector editorial atribuye sus problemas a la crisis, la piratería o el videojuego, los nuevos lectores crecen experimentando con nuevos formatos y sistemas de lectura. No falta mucho para que los dispositivos electrónicos constituyan el medio de lectura preferido por esos lectores y quizá entonces la forma en que se publicaban los relatos de H. P. Lovecraft o Edgar Allan Poe no nos parecerá algo tan ajeno.

Quizá veamos pronto un Andrea Doria editorial, o puede incluso que este evento ya se haya producido, pero no cabe duda de la consolidación del libro digital como medio de lectura. Así que por más que el Atlántico siga cruzándose en barco y los libros sigan leyéndose en papel, no dejen de digitalizar su catálogo.

Aún están a tiempo.

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