Lectura social y tradición oral

marinerHace años, en una estación de ferrocarril, coincidí con un tipo de esos sin hogar conocido y que suelen agradecer que les den unas monedas. Mientras esperábamos a que llegara el tren, el hombre arrancó a contar una serie de anécdotas, a cual más estrafalaria, sobre su vida en la marina mercante. Nada extraordinario, pero tal como lo narraba aquello parecía una gran historia. Debería escribir usted un libro, le sugerí. No tengo tiempo, me respondió. ¿Tan ocupado está usted? El hombre lo pensó durante unos segundos antes de responder: no de escribirlo, sino de explicarlo. Es mejor así, contándolo todo en un rato…

Que la abundancia de información convierte el tiempo que podemos dedicar a una actividad intelectual en un bien escaso es un fenómeno bien estudiado. En ese sentido, uno de los artículos más sinceros que he leído al respecto apareció publicado a principios de este mes en The Chronicle of Higher Education. Bajo el título de «On Not Reading» la profesora de la Universidad de Yale, Amy Hungerford, nos contaba que ya no mandará a sus alumnos leer a David Foster Wallace, sencillamente porque sus libros son largos, demasiado. Con la cantidad de novedades editoriales que cada año se suman a las del anterior, el tiempo del que disponen los lectores es escaso y, concluye Hungerford, probablemente esté mejor empleado en otras lecturas; en otros autores, incluso.

Aunque no recuerdo haber leído algo tan atrevido en el mundo literario, las conclusiones de la profesora Hungerford no son sino la constatación de un hecho. Un fenómeno cuyas consecuencias algunos escritores y editores aún se resisten a comprender. Se comenta, no sin razón, que el libro digital no termina de despegar y los viejos y conocidos argumentos que señalan a la escasez de ventas, la piratería y la insuperabilidad (el retorno, dicen algunos) del papel como formato, siguen rodando por ahí, como fantasmas en una vieja mansión encantada.

Mientras tanto se olvida, así como quien decide no recordar esos deslices inoportunos de la propia existencia, que difícilmente puede captarse ese bien escaso y limitado que es el tiempo del personal con un subproducto, a no ser que se empleen triquiñuelas. Porque salvo honrosas excepciones, los libros electrónicos son eso, calcos de su equivalente en papel que cuestan bastante para lo poco que ofrecen y en los que se insiste en encorsetar un texto que ya sabemos líquido a las limitaciones de formato y paginación del códice. ¡Un simulacro!

¿Y qué más quiere usted? —insisten—, si la gente ya no lee y encima es idiota. Me pregunto entonces si estoy frente a uno de esos idiotas de los que tanto se habla, para invitarle a un café y que me cuente en qué consiste eso de la idiocia, a ver si me entero, pero no: idiotas son los demás, los que no compran lo que producimos; esos son.

Internet, medios digitales y lectura van de la mano. No quieren creerlo pero es así. Al principio, la tecnología y el ancho de banda disponibles tampoco nos dejaban mayor opción que comunicarnos mediante el intercambio de textos y, aunque actualmente estamos acostumbrados a comunicarnos también mediante imágenes, animadas o estáticas, mensajería instantánea por voz o incluso vídeos, la principal forma de comunicación en Internet sigue siendo la palabra.

Hubo un tiempo en el que los mensajes se «colgaban» en un foro a la espera de que alguien los leyera y contestara, y podían  pasar días antes de que eso sucediera. Si llegaba a suceder. Lograr una discusión mínimamente estructurada podía ser cuestión de semanas. En cambio hoy los temas de actualidad pueden ser diseccionados en pocas horas por gente con puntos de vista diversos y bien documentados. Un lujo, aunque muchos no lo crean.

Participar en un foro de discusión implica escribir mucho y leer aún más, a veces incluso sandeces, pero no me refiero sólo a lo que escriben los participantes, no; son tantas las referencias a las que uno se expone y tanto lo que tiene que repasar para documentarse un poco, que es difícil encontrar tiempo para hacer otras cosas.

Así se lee (y se escribe) hoy, interactuando con nuestros semejantes, practicando lo que los estudiosos han convenido en bautizar como lectura social. Sin embargo parece que si no se compran las últimas novedades, esos volúmenes con aspecto de vademécum que pronto se ofertarán con el turrón y ya pasan más tiempo en almacenes y camiones que en las estanterías, entonces no cuenta, ya no se lee. Y encima llevamos tanta lectura de retraso… porque ¿ya dieron ustedes buena cuenta del Quijote y las obras completas de Borges? ¿Se pasearon ya por Macondo, o andan aún encallados en el crimen porque no llega el castigo?

Claro, cómo no.

Entonces uno se mete en Twitter y se encuentra con esto (lean la serie de tuits antes de seguir con el artículo, por favor):

Una historia, nada extraordinaria sentencian unos mientras otros se indignan al conocer el resultado y los fascinados esperamos a ver si llega la siguiente, si llega. Yo al final me pregunto si la chica tendrá algún día tiempo de escribir un libro para que podamos comprárselo, o si le resultará mejor así, contándolo todo en un rato, aunque sea en Twitter, pero lo que de verdad espero es que cuando alguien vuelva a insistir en que ya no se lee, al menos no tenga el valor de hacerlo por escrito.

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Un pensamiento en “Lectura social y tradición oral”

  1. Querido Wilfredo, harto y cansado estoy de repetir esto que has comentado. Vivimos en un mundo de crossdevice, de pantallas, de hiperconectividad…vivimos de micromomentos. Obviamente existen dinosaurios que se resisten al cambio, pero la realidad (por mucho que se sigan empeñando algunos en que el libro electrónico no es cultura y el de papel si lo es) es que el tiempo para pensar escasea. Y la solución es sencilla, escriban para aquellos que tienen tiempo libre si quieren seguir en ese modelo. Cambien su forma de contar las cosas si se quieren dirigir al nada desdeñable 60-70% de la población.
    No es sólo Amy Hungerford quien comenta esto, lo que pasa es que por ejemplo en el mundo periodístico, se han olvidado de hacer periodismo y ahora sólo hacen “cosas” para lograr clicks. No es cuestión de escribir menos, sino de escribir la parte correcta en el momento correcto, en el dispositivo correcto y a la persona correcta. Pero claro, ¿de qué iban a vivir las grandes editoriales y muchos “amiguetes” autores si el mundo se da cuenta de que el tras los árboles que ellos plantan hay otros grandes escritores? el cambio es INEVITABLE, y los ramoncines de la pluma tienen sus horas contadas. Gran post, un saludo.

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